RECETAS DE UN MÉDICO QUE ESCRIBE HISTORIAS
- Jose Galiano la Rosa
- 20 may
- 4 min de lectura
Receta#1
¿Recordar es reconstruir el pasado?
Hace pocos años escribí el cuento Hoy se queda sin recreo, incluido en mi libro Cuentos No Contados: Cuento historias como cuentos. Al releerlo recientemente me surgió una pregunta que hoy quisiera compartir: ¿recordar es reconstruir el pasado?
Leamos dos párrafos:
“Hoy se queda sin recreo, qué risa me da hoy el jalón de orejas; hoy no lo sentí, es más: creo que mi maestro se equivocó, sin darse cuenta. El tirón de orejas debió dárselo a mi vecino de pupitre, porque yo no sentí nada, ni cosquillas, ni dolor. Nada, absolutamente nada; hoy, puede quitarme todos los recreos; es más, se los cambio todos, por las veces que no llevaría las tareas la próxima semana, creo que sería un cambio justo, sin embargo no me atreví a proponérselo, mucho menos cuando pensaba, que él podría saber que, cuando su nieta viaja con mis futuros suegros, ¡mi corazón triste, hacía a mis manos y a mis orejas insensibles!
Cuántas ganas de decirle: maestro negociemos, déjeme ir al parque en todos los recreos para verla pasar y a cambio haré todas las tareas, seré tan juicioso, que solo yo tendré derecho a izar la bandera de Colombia todos los lunes; maestro, negociemos, dígale a su nieta que yo la amo y conocerá por fin un verdadero santo en su salón de clases. Negociemos, usted gana un santo y yo, un corazón que a todas horas estará sonriendo”.
Y ahora aparece la pregunta: ¿eso ocurrió exactamente así o mi memoria terminó reconstruyendo los hechos con el paso de los años?
Según mis recuerdos, aquello debió suceder en 1956; lo calculo porque unos seis años después recibí mi título de bachiller y, hasta ese momento, las cuentas y la memoria parecen mantenerse todavía en relativa armonía.
Sin embargo, con los años he comenzado a sospechar que recordar, no siempre significa regresar fielmente al pasado; muchas veces recordar consiste en reconstruir escenas, reorganizar emociones y completar silencios que el tiempo borró o los dejó incompletos.
Hoy no me atrevo a decir con certeza si el maestro realmente me jaló las orejas, si jaló una de ellas o ambas, tampoco tengo claro, si realmente lo hizo, ¿con qué tanta fuerza fue?, con menos fuerza aquella mañana o con más; si fue mi corazón de niño, que se había enamorado y por eso tuvo la fortaleza de volver insensible al cuerpo mientras esperaba ver pasar a la nieta de mi maestro.
Pero ¿mi maestro, tenía una nieta? Y era así de linda, como para que mis orejas soportaran un jalón, ¿sin que tuviera que soltar un grito?
No lo sé, probablemente si estaba enamorado de alguna niña que no debía mencionar y por eso el cerebro juega y se recrea creando en algún lugar donde suponemos que habita la memoria, esa parte del cuento donde a la causa de mis amores la convierte en nieta de mi maestro y eso obliga a sospechar algo y es que recordar no es exactamente reconstruir con toda fidelidad el pasado, por lo menos no cuando los hechos que se recuerdan están a una distancia de más de 60 años, como el recuerdo que trae mi memoria, de ese primer amor y eso nos permite pensar que los recuerdos muy lejanos son algo así como remodelados, reorganizados.
Esos recuerdos se parecen a esas casas viejas que compras y cuando entras en ella sientes que les falta algo o que le sobran cosas y comienzas a ordenarla, le dices al arquitecto:
--Manuel, aquí me quitas esta pared que no la necesito, me amplias el espacio y me haces un estudio, lo quiero con buena luz, abre una ventana en esa pared que da hacia el patio.
Has comenzado a modificar la casa vieja, pero no queda todo ahí, porque Manuel, en representación de un grupo de neuronas de las que conforman tu memoria, es inquieto y quiere que quedes contento con tu casa vieja y te plantea otros cambios:
--¿Qué te parece, si quitamos esa pared también y hacemos una cocina moderna, abierta, así tienes una sala comedor, amplia que te hará sentir mejor y gustará más a tus familiares e invitados?
Y así, aquella casa vieja, queda remodelada, más atractiva para el momento en que de nuevo va a abrir sus puertas.
Aquella niña, ¿si pasaba todos los días a la misma hora, si me miraba? ¿O la vi una sola vez y mis neuronas se enamoraron a primera y única vista y el arquitecto amigo, al verlas traer el recuerdo lo remodeló todo y lo hizo más agradable?
No, la memoria no nos traiciona, no creo eso, creo por el contrario que nos ayuda borrando las cosas desagradables, aquellas que, si seguimos trayéndolas al presente, no hacen daño o por lo menos nos hacen sentir mal y conserva aquellas cosas que son mas placenteras y llena los vacíos, remodela, reconstruye de forma que el dueño de la “casa vieja” quede satisfecho.
Tal vez recordar, sea entrar de nuevo a una casa vieja, recorrer sus cuartos, descubrir grietas, cambiar una ventana, iluminar un corredor oscuro y aceptar que, aunque ya no sea exactamente la misma casa, sigue siendo nuestra.
Por eso no creo que la memoria nos traicione. A veces nos resguarda, nos reconforta, a veces solo restaura lo que el tiempo dejó fragmentado, repara las grietas, para que podamos volver a entrar en el pasado sin que se nos derrumbe encima.


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